Segundo ActoParamos. Delante, la ciudad, brillante masa esparcida hasta desaparecer sobre el valle. Así, en conjunto, resulta más digerible, acogedora incluso. Una sombra aparece disimuladamente cerca del lugar, se entremezcla con la noche. Verde. El verde oscuro de la hierba que crece en ésta zona a las afueras de la ciudad.
La noche desliza sus tentáculos por cada recodo de tierra y ahoga la imagen con un negro manto. Era el momento más oscuro, unos instantes antes del amanecer. Giré la cabeza hacia el asiento del copiloto. Como una estatua de mármol, permanecías en silencio con tu mirada puesta en mí, desde las sombras.
- Muy bien, hasta aquí hemos llegado. ¿Habías estado alguna vez en este sitio? No está mal, ¿eh? – un diamante entre tanto polvo gris.
Presa del polvo debieron de caer tus palabras. Silencio.
- …bueno, entonces, ¿quién eres? – te pregunté por segunda vez aquella noche.
¿Lo había preguntado antes? -Esa pregunta es demasiado genérica, ¿tú qué responderías? –
Es cierto, no sabría definirme así. Era justo el tipo de pregunta que yo intentaría evitar a toda costa.
- Vale, vayamos por partes en ese caso.
¿Qué parte de ti es la que más te define? – te pregunté entonces.
-Nunca he estado muy segura – ladeaste el rostro, matizando tu respuesta.
- ¿Nada perdurable en ti?
- ¿Lo hay en ti? - La noche afloja su oscuro abrazo y las sombras se debilitan, hecho casi imperceptible para la retina humana. Mis preguntas continuaban nadando a la deriva. Barrí el sitio con la mirada.
- … tal vez.
- Eso tampoco es una respuesta… - unos segundos, y un rumor comienza a extenderse por la carretera, se desliza hacia nosotros y rompe en el cristal delantero del automóvil. El primer destello de aquella civilización marchita.
- Vale, yo escribo.
- ¿Si? ¿Desde siempre?
- No desde siempre, claro.
- Entonces no es perenne en ti.
- Bueno, hasta que no aprendí no lo fue – no me dejaste ni respirar un segundo. Se había abierto un libro en alguna parte, y el viento pasaba las hojas constantemente.
-Bueno, no es cuestión de entrar en detalles de mi vida – volví a recorrer aquel desamparado paisaje con la mirada. – A ver, ¿existe algo a lo que no podrías renunciar?
- ¿Quién sabe?, yo lo dudo.
- Prueba.
- Sería complicado. La vida me hizo renunciar a todo… - buscaste algún hilo deshilachado en tu blusa, o quizá el viento chocaba con demasiada fuerza en tu rostro – ¿y a ti?
- Siempre he luchado por ser quién soy.
- ¿Siempre?
- Bueno, hice mis sacrificios, pero…¿qué podía hacer? No siempre puedes elegir – tienes que elegir la mejor mano de cartas para seguir jugando.
- No me conoces. Siempre puedes elegir.
- ¿No renunciaste a todo?
- Porque lo elegí yo misma – pasaron unos segundos, y mi mirada estuvo clavada en tu rostro. Entonces, hablaste: - ¿Qué harás, Dave?
- ¿Cómo?
- ¿Qué piensas hacer ahora? Solo es una pregunta.
- Lo cierto…es que me encuentro paralizado.
- ¿De veras?
- En algún momento de esta noche, he perdido el control. De repente, todo se ha vuelto vulnerable, y desconozco si hay punto de retorno – giré mi cabeza en dirección a la ciudad. Los primeros rayos de sol se colaban por las calles, levantando a aquel coloso urbano.
- Volver sería como reiniciar el ciclo, tal vez deberías seguir adelante.
- ¿Adelante? – quizá fue otro rayo de sol, una leve brisa, o tal vez la propia ciudad lo que borró las palabras que pronuncié a continuación. No lo sé.
Terminó de salir el sol. Vuelta a empezar, dirección norte. La imagen del retrovisor cambió de fotograma : el centro urbano por un verde que saludaba el nuevo día. Pronto el frío y la luz se mezclaron hasta conseguir que te acurrucases en tu asiento. Las tinieblas que antes encharcaban tu mirada parecían haber desaparecido, pero la duda continuó gritándonos a la cara durante todo el camino de vuelta a casa.
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