Las moscas

En aquél momento, ella ya no las escuchaba.
Estábamos sentados en la terraza de una cafetería, cerca del centro de la ciudad. Habíamos pedido dos descafeinados. Poco azúcar. Mientras la camarera entraba en el local, ella empezó a relatarme su historia. Despacio, saqué el bloc de notas que llevaba en la mochila, y empecé a anotar. Debo decir que algunos detalles se han borrado de mi memoria, pero recuerdo lo más importante. La camarera trajo los cafés. Ella dio un primer sorbo, se secó los labios con su pañuelo, y empezó a hablar.
“Conoces parte de mi presente, pero seguro que nunca hemos hablado de mí profundamente. Además, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Más de 3 años – sonrió – Nací en un pueblecito costero del mediterráneo. Mi infancia no fue mala. Ya sabes, los típicos episodios de una niña normal, algunos desencantos con los chicos, y pocos platos rotos con mi familia. Una familia de clase media, y un colegio público. Lo mismo que todo el mundo, vamos. Hasta ese punto, mi vida fue totalmente normal. Fue al cumplir los 18 años, poco después de que nos separáramos –hizo una pausa casi imperceptible-, cuando todo empezó a cambiar. Aquél verano las escuché por primera vez. Las moscas… Podría recordar ese momento como si fuese ayer, con todo detalle”
Su rostro cambió. Se quedó inmóvil. Mantenía la mirada fija, más allá de mi o de la misma cafetería. Quizá se encuentre mucho más lejos, pensé. Puede que acabara de quitarle el polvo a sus recuerdos, y ahora buscara en el mar de pensamientos aquél momento. Comprendí su silencio, y esperé paciente. Se relajó, dio otro sorbo al café, y continuó.
“Llegaron como de la nada. Ni siquiera pude esperar que ocurriese, porque no conocía su existencia. Simplemente, un día, empecé a notar aquél zumbido en mis oídos. No era desagradable. Tampoco me llegaba a molestar. Pero estaba ahí, y no cesaba. No le di mucha importancia, pero sí me pasé horas y horas tratando de averiguar qué se escondía tras aquél sonido, intrigada, hasta que empecé a entenderlo. “
-¿A entenderlo? ¿Aprendiste a escuchar a las moscas? – le pregunté divertido. Apunté aquello en el bloc de notas: Aprende a entender a las moscas (¿?)
-Sí. Exacto. Con el tiempo, llegué a concentrarme tanto que conseguí aprender a escuchar lo que decían, como si fuesen lejanas voces en mi cabeza, a las que se les había subido el volumen, de repente. Sé que suena extraño, pero fue así, sin más. Las moscas me susurraban.
“Comencé a interesarme cada vez más y más en los zumbidos, hasta que hice un descubrimiento asombroso. ¡Yo aparecía en sus zumbidos¡ ¿Te lo puedes creer? Debes de estar pensando que estoy loca“
-No te entiendo – le dije. Se rió, y dio otro sobro al descafeinado.
“Las moscas hablaban sobre mi vida. Al principio solo podían zumbar, pero son bichos muy inteligentes, a pesar de lo que piensa la mayoría. Al dejarlas zumbar en mis oídos, aprendieron muchas cosas sobre mí. Nada más comenzar todo aquello, solo escuchaba un ruido constante, como unas risitas en mi oreja. Pronto, empecé a escuchar todo cuanto me pasaba. No podía creerlo. Sabían donde había nacido, cómo había sido criada, y hasta la universidad privada en la que me habían matriculado mis padres. Sabían que mi padre trabajaba duro día y noche para pagarme los estudios. Pero no solo eso. También empezaron a contarme detalles que yo no podría haber descubierto por mí misma, desempolvaron mis demonios. Me dijeron que mi padre siempre había querido que estudiase algo relacionado con las ciencias. Derecho, o algo así. Que se sentía mal por las noches, y que me odiaba por haber elegido Literatura. Me contaban cómo se lamentaba cada vez que alguien le preguntaba por la vida académica de su hija. Esto me hacía sentir fatal, como podrás imaginarte.”
La camarera nos trajo la cuenta. Terminé de hacer algunos apuntes : las moscas remueven los episodios negativos de su vida. Levanté la vista. Ella me dijo que me invitaba, pagó los dos cafés, y siguió hablando. Estaba cambiada. Más atractiva que antes, eso seguro. Pero había perdido esa belleza angelical que tanto me gustaba.
“No solo ocurrió con mis padres. Las moscas parecían tener una habilidad especial. Conseguían enseñarme la oscuridad de todos los corazones. Como si fuesen negras portadoras de oscuros pensamientos, ellas me enseñaban todo lo malo que me rodeaba. Me sentí indefensa y sorprendida ante la realidad del mundo, así que empecé a confiarles todos mis miedos y preocupaciones. Ellas se alimentaban de todo esto, claro. Cuanto más les contaba, más fuertes se volvían aquellos zumbidos. Entonces me hablaron de mí misma, de la oscuridad que habitaba en algunos de mis sentimientos. Me confesaron que en el fondo, no me amaba, que no estaba preparada para tener una relación con alguien, que siempre me sentiría frágil. Llegado este punto, me había convertido en la sombra de una sombra, como un joven pájaro que se olvida de sus alas. Tenía miedo de intentar volar fuera de aquella oscuridad. Día y noche, el zumbido de las moscas me acompañaba, como el sonido de una vieja radio de fondo. Escuchaba los zumbidos incluso cuando dormía. Era entonces cuando más desprotegida me encontraba, y cuando ellas más se alimentaban. Penetraban en mi mente, y, como si de negros cuervos se tratase, me arrancaban todo lo positivo que había en mí. Esto forma parte de ellas, ¿sabes? Está en su naturaleza, el ser moscas – me reí con aquél comentario- . Por supuesto, yo en ese momento no lo sabía. Aún no. Me dejé arrastrar sin quererlo por aquella oscura espiral, que poco a poco me consumió, apagando la llama de mi alegría. Dejé de comer y de dormir bien. Enfermé durante mucho tiempo. Claro que, ya estaba enferma, desde el día en que había dejado que los zumbidos me taladrasen los oídos. Desde el día en el que había dejado de creer en mí misma“
-¿Y como escapaste de todo eso? – le pregunté.
“No lo sé exactamente. Un día, casi sin quererlo, acabé pensando en ti – me dedicó una sonrisa -. Estaba dándome un baño. Fue pura casualidad, porque desde que las moscas se habían adueñado de mis acciones, ya no intentaba disfrutar de nada, ni siquiera un baño relajante. Ponían trabas a todo lo que hacía y pensaba. Limitaban mi tiempo, mi casa, y con el tiempo un oscuro velo me tapó los ojos. Lo único que podía ver era oscuridad, preocupaciones, condicionantes. Tenía miedo a intentar cualquier cosa, porque sabía que las moscas se lanzarían contra mí. La verdad, creo que dejé de ser yo misma. Eran las moscas las que decidían qué podía y qué no podía hacer, cómo debía pensar, etc. Ahora entiendo que intentaban convertirme en una de ellas, en un susurro. Un susurro no, un zumbido. Un triste y oscuro zumbido.
El caso es que aquél día acabé dándome un baño. Creo que las moscas estaban tan concentradas zumbando, que ni repararon en el sonido del agua. Las moscas son así, necesitan molestar bajo cualquier circunstancia. No escuchan nada más que a sí mismas.
Cuando estuvo preparada la bañera, empecé a desnudarme, lentamente. Mientras me quitaba la blusa, casi sin explicación alguna, me vino a la cabeza tu recuerdo. Pero no una imagen general, sino el dibujo de una noche en particular, no me preguntes la razón, porque ni yo la sabía.”
-¿Recuerdas aquella vez que nos escapamos a la playa? Yo llevé bocadillos y cerveza para comer, y tú te trajiste aquél libro que tanto te gustaba. No recuerdo el autor. Era como una recopilación fotográfica de sitios preciosos – me preguntó. Sonrió un poco nerviosa, esperando mi contestación.
-Claro que me acuerdo. Eran los 100 lugares más bonitos del mundo. Recuerdo que hablábamos de viajar a todos ellos juntos –le devolví la sonrisa. Jugueteé con el lápiz.
-Entonces, ¿recuerdas todo lo que ocurrió ese día? – se sonrojó, pero el color quedo enseguida escondido tras la taza de café. Su cautiva mirada vagaba entre mis ojos y mis labios.
-Claro, lo recuerdo - ¿cómo iba a olvidar algo así? Hice una rápida nota mental. Aquel precioso día había acabado convirtiéndose en un torbellino de amor y sexo en la playa. Pasamos todo el sábado juntos , como escondidos tras una burbuja. Estaba claro que ya no éramos los niños que habían pasado la tarde bajo el manto de las olas. Habíamos madurado. Pero aun así pude ver un fugaz brillo en sus ojos, como una lejana lucecita que tintinea en la noche, ajena al hecho de que alguien la observa. Ella lo advirtió, y enseguida se serenó. Llamó a la camarera, y pidió un botellín de agua. Había aprendido a levantar murallas rápidamente. Ya no era una niña.
“Viéndome allí desnuda frente al espejo, recordé todo lo que había experimentado aquella tarde – sus ojos se entrecerraron -. Recordé tus caricias, deslizándose por mi piel, lo tierno que estabas, la intimidad entre nosotros… - ésta vez no se sonrojó. Estaba muy concentrada, otra vez con la mirada más allá de mi o de la cafetería, quizá en un recoveco de una alejada playa del mediterráneo, como si quisiese volver a sentir cada una de las emociones de aquel día. – Por supuesto, el velo que oscurecía mi vida también emborró aquellas imágenes. Las moscas me hablaron de las telarañas de tu corazón, dijeron que aquello se había quedado allí, y que nunca más volvería a sentirlo. Escuché el zumbido, el aleteo de sus ligeras alas, sus risas… llegue incluso a sentir que era tu voz la que escupía esas palabras. Pero aquellas imágenes estaban grabadas dentro de mí con demasiada fuerza. Poco a poco, recordé cuánto me habías amado, y cómo me mirabas aquél día, lleno de deseo y ganas de hacerme el amor. Las imágenes aún no estaban nítidas, pero podía imaginarlas a través del manto que tapaba mis ojos. Fue cuestión de segundos: el zumbido se volvió cada vez más y más fuerte, hasta que me encadenó al suelo, obligándome a escuchar lo que me gritaban. Cerré los ojos con fuerza y me perdí dentro de mi cabeza. Busqué tu imagen, el recuerdo de aquella tarde, el brillo en tus ojos. En aquél momento lo supe: las moscas podían zumbar y zumbar, pero no cambiarían ni borrarían nuestro recuerdo. Una caricia, un beso, un deseo, todo eso era más fuerte y real que un oscuro susurro al oído. De repente, una pequeña luz se encendió y se apagó en lo más oscuro de mi propia oscuridad. Me recordó que aún estaba viva. Comencé a subir una delgada escalera “
- ¿Qué paso después? ¿Desaparecieron las moscas? – le pregunté. Aquello me había sorprendido. Mi mente había estado navegando por la superficie de la conversación, y ahora estaba sumergido. Vaya, es una buena conversadora, pensé.
-No, ellas siguieron allí, cerca de mis oídos. Siempre lo han estado, y siempre lo estarán. Está en su naturaleza, por eso no las culpo, siento lástima. El mundo solo les depara esa función: no despegarse nunca, chupar la alegría de las personas hasta convertirlas en sus semejantes, como oscuros pasajeros que limitan la vida – su rostro se relajó, como si hubiese comprendido algo - La clave está en no escucharlas, en aferrarse a lo real, a nosotros mismos, nuestras emociones y deseos – dijo asintiendo, casi para sí misma - Yo ya casi no oigo el zumbido. Solo es el eco de una vieja radio estropeada. – se rió con fuerza mientras volvía a beber agua. Me miraba divertida.
-Oscuros pasajeros – repetí divertido, mientras cerraba el bloc. Quizá también estaban cerca de mí, entre las ramas de un árbol, cerca de mi próxima meta o detrás de una preocupación estúpida. Intenté imaginármelas, pero se me hizo difícil. En aquel momento de mi vida, ninguna mosca podía acercarse a mi lado. Era demasiado feliz, me encontraba demasiado bien conmigo mismo y con el mundo. Pero sin duda, cuando bajase la guardia, volverían. Siempre aparecen. De eso ya estaba seguro. Aprovecharían cualquier descuido para enredar mi alegría en su oscura telaraña. Por supuesto, esto está en su naturaleza. Al fin y al cabo, son moscas.
-Dave Strife-
PD: El relato está subido a www.yoescribo.com En cuanto esté maquetado en mi ficha de autor, pondré directamente el enlace para que sea más cómodo, porque esta entrada se ha quedado bastante larga, jajaja.
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11 Comentarios:
Veya mente tienes macho! Me gusta mucho el relato y como has escondido el tema, muy buena la comparacion con las moscas jajja. Un abrazo nene.
Porque todo lo que dibujo es tan real como la tierra que piso
Gracias tio, me alegro de que te haya gustado, y de que lo hayas pillao :P otro abrazo para ti
Muy tuyo todo lo aquí contado...algo así como la metáfora de tu filosofía. Te advierto de que ha habido momentos en los que he vislumbrado tu persona quizá más claramente de lo que debiera. Es lo que tiene abrir el corazón a la escritura.
Sigue así, macho.
Me alegro de que te haya gustado tio. Creo que la idea se pilla bastante bien no? Tenía que dedicarle un relato a este tema, porque es algo que yo mismo he vivido. Un abrazo coy!
Jajjajja, me encanta que Coy nunca ponga su nombre y que tu siempre lo descubras! XD
Ñañañaña...jaja. Si tú no lo pusieras también te descubriríamos, listillo.
Cada forma de escribir es única. Por la misma razón de que no hay dos personas iguales.
XDD
Jajajajajaja sois los dos muyy predecibles, tanto como yo =) Eso es bueno, así siempre sé que estais por aqui, pululando, que es lo que me anima a seguir publicando cosas.
David, tengo que reconocer que me has sorprendido, sabes que no soy docto en esto de la literatura, pero se apreciar aquello que para nada me deja indiferente y me hace reflexionar. Enorabuena, sigue así
GRACIAS, de verdad, sé que no te gusta casi nada para leer, por eso valoro lo que acabas de decir, de puta madre! Seguiré, seguiré :D
Único, excelente, mágico. Me has dejado sin palabras...
Si tuvieras algo publicado, creo que iría ahora mismo a una librería a comprarlo. A decir verdad, a este relato le pones la firma de cualquier escritor de renombre y se quedan todos pasmados. Es lo que tiene, quien tiene padrino se bautiza; quien no, ha de perseguir su sueño, que a fin de cuentas, siempre acaba siendo más satisfactorio y digno de admiración...
¡Hasta pronto y feliz Navidad!
Alba
Joe, no había visto tu comment, muchas gracias señorita por ese comentarioo :D :D Perdona el retraso. No creo que sea para tanto mujer, pero gracias igualmente, en parte llevas razón. Cuidate
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